Por: Jairo Tobón Villegas
Domingo día de gala. llegaron las elecciones, vienen los liberales de La Mosca y se un tropel de jinetes, nuevos centauros, que retumbaba por todas las calles de Rionegro. Eran los liberales de la Mosca y sectores aledaños que venían a votar. Una escena que se repetía cada año con inusitado fervor liberal. Era fiesta de Rionegro. Cada jinete, sobre su caballo bien engalanado y el chalán bien perchudo, portando en su mano izquierda una roja bandera, el infaltable trapito rojo, y en la diestra las riendas del brioso corcel, que se movía al son de los voladores y totes que inundaban de alegría los aires de Rionegro.
Domingo día de gala. llegaron las elecciones, vienen los liberales de La Mosca y se un tropel de jinetes, nuevos centauros, que retumbaba por todas las calles de Rionegro. Eran los liberales de la Mosca y sectores aledaños que venían a votar. Una escena que se repetía cada año con inusitado fervor liberal. Era fiesta de Rionegro. Cada jinete, sobre su caballo bien engalanado y el chalán bien perchudo, portando en su mano izquierda una roja bandera, el infaltable trapito rojo, y en la diestra las riendas del brioso corcel, que se movía al son de los voladores y totes que inundaban de alegría los aires de Rionegro.
Un sol esplendoroso, porque San Pedro es liberal, servia de marco a esta escena donde decenas de jinetes hacían mover sus caballos al ritmo de la música que cada uno inventaba. Ya habían recorrido en alegre caravana los varios kilómetros desde la vereda hasta el casco urbano y bajaban por la falda el doctor Ríos, y ahí estaba el galeno Julio César, con su blanco delantal, símbolo de sus conocimientos Hipocráticos, dándoles la bienvenida a Rionegro con su mano en alto y una sonrisa grandísima que iluminaba su rostro.
Los cascos de los corceles briosos golpeaban rítmicamente sobre las piedras de la calle. Al llegar a la parte plana todos en filas de a tres o cuatro, haciendo relinchar sus briosos corceles, que con sus jinetes, recibían el aplauso de las gentes que se arremolinaban a verlos pasar.
Llegaban los jinetes a la plaza y era obligatorio darle la vuelta completa. Después dejaban sus cabalgaduras al cuidado de alguien en las pesebreras que había en el centro de la ciudad, o en la calle que iba para el viejo Coliseo: se despojaban de sus respectivos zamarros, y en uno de sus bolsillos guardaban la media de "chirrincho", el delicioso anís de contrabando, fabricado especialmente por los Loaizas, expertos en destilar el suave licor llenando los aires de olor a carne asada para despistar a los muchachos de las Rentas, ansiosos de descubrir dónde estaban los sacatines.
En las urnas, situadas en los andenes de la plaza mayor, depositaban su voto y al introducir la papeleta, bien resguardada en el sobrecito blanco, se quitaban el sombrero en señal de civismo liberal. Después ya provistos en los zamarros y en la mano el aguardiente, la infaltable "tapetusa" de La Mosca, montaban sus caballos para deshacer el recorrido por la plaza dejando escuchar sus vivas al gran partido liberal que en esa época no se había partido como ahora, porque era uno solo, monolítico, férreo, inmarcesible y glorioso.
Los viejos patriarcas liberales de Rionegro, de mente sana y fresca, sin rencores ni envidia, sin arrugas en el alma, enviaban a sus hijos a buscar a tal o cual conservador que todavía no había sufragado, y le entregaban el voto por el partido conservador para que no olvidara cumplir con ese ineludible deber de votar por sus hermanos "godos".
Después de las 4 de la tarde regresaba la calma a Rionegro, y un grupo de rionegreros, pachangosos y "arrevesados", iban a buscar a alguien que había desentonado en los eventos de ese día y empujadito, como sin querer queriendo, lo llevaban hasta la pila y allí le daban su buen baño de agua fría para que se calmara. Pero le retribuían el susto con varios anisados dobles para el frío acuatizaje en la pila de los negritos, que no eran tan negritos porque eran nada menos que ninfas protectoras de los ríos y las aguas.
Esas eran los días inolvidables del viejo Rionegro político, días fervorosos y alucinantes del partido liberal. Los personajes que eran elegidos comenzaban desde ese instante a madurar los planes para presentarían al concejo, porque todos los elegidos formaban una sola figura monolítica de todos a una por Rionegro, donde no habían prebendas ni gabelas, ni puestos para repartir ni contratos para realizar por mano extraña. No tenían sueldo los concejales, y eran más cumplidos que los actuales. Días del glorioso partido liberal cuando las mayorías de Rionegro se dejaban sentir y contar a punta de votos en las urnas, sin recibir regalitos ni libras de arroz, ni billetito pegados del voto. Rionegro era ejemplo nacional en el comportamiento cívico y había paz política, porque esta se hacía sin prevenciones, respetand o profundamente los criterios de los demás.
Nuestros ojos, ya cansados de ver lo que no queríamos, reproducen las imágenes de aquellos días liberales y no podemos menos que sentir nostalgia del ayer que se fue. Nuestras pupilas, repletas de imágenes, aún guardan fielmente los momentos de felicidad que experimentamos cuando llegaban a votar los liberales de La Mosca, redivivos centauros, como si los llaneros de Páez vinieran a darle la pelea a los "voltearepas", engreídos y malos liberales de este hoy que se llenó de forasteros sin conciencia y sin razón para ser liberales. Liberales de pacotilla, como recientemente los calificó un liberal de la vieja guardia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario